lunes, 28 de marzo de 2011

Primera Parte

Escribir siempre me ha dado mucha calma, mucha tranquilidad, igual que relajarme tumbada al sol.
Hace unos días comencé una historia, sin sentido, sin argumento.... Ahí va la primera parte:

El lago se quedó en calma. Un letargo apareció en forma de cielo estrellado cubriendo el paisaje. Los pájaros, el ronroneo de la madera de los árboles, el aleteo de las hojas cayendo al suelo… todo se quedo callado.
Sile se deslizó hacia el agua, apoyó sus pies sobre las rocas húmedas. Estaban entumecidos, se los fue mojando suavemente con las manos hasta dejarlos brillantes como un diamante en bruto. Poco a poco su cuerpo quedó completamente desnudo y cubierto de una tez morena y brillante.
El calor que le recorría el cuerpo era tan sofocante que al contacto con agua, esta se desvanecía convertida en vapor.
Ella sabía que el agua no era buena para su cuerpo, si entraba en contacto con ella se quedaba muy débil, pero había momentos en el que necesitaba enfriarse, necesitaba dejar ese fuego que llevaba dentro. Su madre solía decirle que el agua era mala para ella, pero con el tiempo, aprendió que no hay cosas buenas y malas, depende de cada uno.
Se sentó en una de las rocas planas del lago y se quedo ahí, acurrucada, mientras las pocas gotas de agua que quedaban en su cuerpo se consumían y volaban hacia el universo.
Sile no era una chica normal, aunque en ese tiempo nadie podía considerarse así. Ella era la chica que no podía estar en contacto con el agua durante mucho tiempo.
Sile se sentía diferente a los demás, más bien sentía celos de los demás. Veía esos niños jugar en el lago todos los días, bañándose, riendo, sin preocuparse por nada, sin preocuparse porque el agua les debilitara tanto que serían incapaces de pestañear sin que les doliera el cuerpo entero.
Sile sabía el daño que le hacía el agua, sin embargo, a veces, era lo que más deseaba en el mundo. Beber. Beber una gota de agua. Y se sentía impotente de no poder hacerlo.
Pero, al mismo tiempo, le encantaba quemarse por dentro. Era una sensación de poder y control increíble. Aunque, fuera algo incontrolable cuando ese fuego salía al exterior.
Entonces no tendría ninguna sensación de control, aunque si de poder. Un poder tan grande que doblegaría a los más fuertes. Un poder que solo ella tenía y muchos deseaban.
Un poder que podía darle alas.
La noche transcurrió tranquila y callada. La respiración del bosque se acompasó a la de Sile. El ruido de la madera se hacía infinito.
Sile empezó a sentirse débil, la humedad del aire comenzó a provocarle un terrible dolor de cabeza.
Se tumbó suavemente sobre la fría roca y mirando las estrellas se quedó soñando.

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