sábado, 2 de abril de 2011

Segunda parte

Intento pensar en un título, pero parece que las palabras se me resisten. Ahí va la segunda parte de este ''relato sin argumento'':

La noche heló las tierras tan duramente labradas, los árboles tan increíblemente viejos… Lo heló todo, dejando una fina capa de cristal sobre cada superficie.

La voz ronca de los árboles despertó a Sile.
Adormecida se puso sus viejas ropas y se calzó las sandalias raídas de su madre.
La luz de la luna le indicaba que debía ser muy tarde, tan tarde que pronto amanecería de nuevo. Camino por la cuesta empedrada que le llevaba al bosque de Azura; un bosque que por muy negra que fuera la noche, no perdía ese tono verde azulado que tenían las hojas de sus árboles. La gente decía que era porque debajo había un lago secreto, el lago secreto de Azura. Azura fue una niña especial, como Sile, ella se convertía en una especie de animal gigante con ojos naranjas. La gente no la quería cerca, la expulsaron cuando, por su culpa, murieron seis niños del pueblo.
Ella se fue, dejando atrás su vida y su familia. Se puso tan triste que se escondió debajo del bosque en unos antiguos túneles que llevaban allí desde que Sile tenía memoria.
Lloró tanto que dicen que hizo un lago, un lago de lágrimas que podían robar toda la maldad que una persona pudiera llevar dentro. Los ancianos contaban que sus lágrimas tenían esas propiedades porque se arrepintió hasta el último segundo de su vida por la muerte de aquellos seis niños.
Mucha gente ha malgastado su vida en buscarlo pero nadie lo ha encontrado nunca. Hace tiempo que dejaron de buscar pero la leyenda, cierta o no, seguía rodeando el misterio de ese eterno bosque.
Sile creía en esa leyenda, creía porque comprendía como Azura se sentía. Como un monstruo escondido. Como si un alma atroz viviera en un cuerpo humano.
Se adentró en el bosque, las piedras se le clavaban en las plantas de los pies retrasando su marcha hacia casa. Las heridas empezaron a sangrar, Sile paró de andar. Sabía a qué tipo de criaturas atraía su sangre.
El bosque se quedó mudo. No se oía ni el aire, ni las ramas de los árboles.
Esas criaturas voladoras, ciegas, que solo salían de noche, eran capaces de captar su olor a millas de distancia. Su aleteo era tan característico que era inevitable que el corazón se acelerara al oírlo. A pocas personas les daban miedo esas criaturas. Raras veces se alimentaban de la sangre de las personas; pero Sile no era una persona más, por eso, en su presencia, ella era vulnerable. Tanto que su corazón podría pararse.
Lo escuchó. Un aleteo se acercaba hacia ella.
Sile tensó cada mínimo músculo de su cuerpo. Sabía el peligro que corría.
Su grisácea mirada empezó a brillar. El miedo la inundaba. Y le ahogaba.
Se quedó inmóvil. Tiritando.
El aleteo cada vez era más fuerte y el olor de la criatura cada vez más perceptible.
Sile era incapaz de pensar. Su fuero interno se había cerrado por completo. Su gran poder ahora no servía de nada, ese alma tan atroz que llevaba adentro había desaparecido. Ahora solo era una niña de doce años asustada.
Sile escucho un chillido que le dejó totalmente sorda.
Se echó al suelo. Se acurrucó.
La criatura se posó en su espalda. Sile notó sus dientes clavarse en su carne, absorbiendo todo su poder. Dejándole apenas con fuerzas para intentar levantarse. El dolor que sentía era tan punzante que su corazón de retorcía de dolor. Era como sí le rajaran el estómago una y otra vez y toda su sangre fluyera por la tierra. Sus latidos eran demasiado acelerados.
Sile se debilitaba. Perdía el aliento. Se ahogaba en su propia sangre.
Los párpados cayeron y todo oscureció.

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