miércoles, 16 de noviembre de 2011

Signo de admiración.


Quiéreme, manifiéstate de súbito, choquémonos como por
arte de mágico en el Bukowski un miércoles.
Pidámonos disculpas, intentemos tirar el muro gélido 
diciéndonos las cuatro cosas típicas. Invitémonos a bebidas alcohólicas.
Escúchame decir cosas estúpidas y ríete. Sorpréndete
 valorándome como a oferta sólida.
Y a partir de ahí, quiéreme. Acompáñame a mi triste 
habitáculo.
Relajémonos y pongamos música.
De pronto, abalancémonos como bestias indómitas.
Mordámonos, toquémonos, gritémonos.
Permitámonos que todo sea valido.
Y sin parar follémonos. Follémonos hasta quedar afónicos,
follémonos hasta quedar escuálidos.
Y al otro día, quiéreme.
Unamos nuestro caminar errático descubramos restaurantes
 asiáticos, compartamos películas,
celebremos nuestras onomásticas regalándonos fruslerías
 simbólicas.
Comprémonos un piso. Hipotequémonos.
Llénenoslo con electrodomésticos y regalémosle nueve 
horas periódicas a trabajos insípidos que permitan llenar el frigorífico.
Y mientras todo ocurra, solo quiéreme.
Continúa queriéndome mientras pasan hespiditas las
 décadas dejando que nos arrojen al hospital geriátrico.
Inválidos, mirándonos sin más fuerza ni dialogo que 
el eco de nuestras vacías cáscaras.
Quiéreme para que pueda decirte cuando vea la sombra 
de mi lápida
“Ojalá, ojalá como dijo aquel filosofo, el tiempo sea 
cíclico y
volvamos reencarnándonos en dos vidas idénticas y 
cuando en el
umbral redescubierto de una noche de miércoles 
pretérita tras
chocarme contigo, girándote, me digas: uy, perdóname, 
ruego que
permita al Dios autentico que recuerde el futuro de 
este cántico, y
anticipándolo, pueda mirarte directo a los ojos y 
conociéndolo muy
bien, sabiendo el de venir de futuras esdrújulas, 
destrozando de un
pisotón mi brújula te diga: Solo quiéreme”.