martes, 10 de enero de 2012

En realidad, echo de menos tus patadas mientras duermo.

Ya he vuelto (bueno, hace dos o tres días, no me acuerdo) de Atlanta, GA. Y en parte me apetecía mucho volver y estar en mi casa sin hacer nada o haciendo muchas cosas. Y por otra parte quería quedarme en esa burbuja con la única preocupación de que no se nos pasara la hora por las mañanas.

En esos diez días he recordado lo mucho que se me había olvidado lo bien que me hace sentir la de ojos azules, lo fácil que es todo con ella, incluso echo de menos sus tics nerviosos por la noche (bueno, no tanto). Pero no solo eso, en estos diez días he sentido que encajaba en una casa (porque siendo realista, no me siento encajada en ningún sitio), que había dos “hermanos” que venían a darme las buenas noches todos los días, que tenían siempre algo que decir y siempre una conversación en la que meterse. Una madre que lo planeaba todo y le interesaba las cosas que le contaba y aunque tenga llamémoslo, mucho carácter, una persona que admiro mucho. Y había un padre, y verlo ahí, era algo, realmente, nuevo para mí, un padre que aunque me imponga mucho, es genial. Una familia al fin y al cabo, pero de esas de show de televisión. Y ese cariño o lo que fuera que me dieron, es lo más grande que me llevo.

Os informo que sigo llevando fatal lo de los aviones, a la ida, encima de no haber dormido nada, estuve todo el trayecto con el cinturón puesto, sin comer y agarrada a la silla como una histérica. Todo mejoró cuando conocí a Claire, una azafata de Alabama (si no recuerdo mal) que me hizo el viaje más llevadero. Me cambió el sitio cerca del baño para que fuera a vomitar (no fui, soy una histérica) y me trajo tilas y bolsas para vomitar y estuvo todo el viaje pendiente de mí, cosa que le agradeceré enormemente hasta el resto de mis días aunque no pueda volver a verla (o sí, quien sabe). Cuando bajé del avión no era consciente de la “gran” aventura que me esperaba. Siete controles nada más y nada menos, ni que fuera una terrorista (y los que me conocéis, ni un comentario). Lo gracioso de eso fue cuando encontraron el batallón de turrón que llevaba y yo no sabía explicarles del todo bien que era eso; también fueron geniales sus intentos por decir turrón. Y  cuando ya creía que se había acabado todo encontré un interminable pasillo (y si digo interminable es por algo) hasta que me di cuenta de que podía coger un mini tren para llegar ¡a por mi maleta! Porque sufrí pensando que se habría perdido. Así que me encontré unas escaleras mecánicas y estaba sudando, cansada, nerviosa, a punto de llorar y con ganas de salir de ese puto aeropuerto. Y de repente veo un pelotón de gente y no veo a la de ojos azules pero cuando giro la cabeza ella ya está ahí, con un pañuelo amarillo, que es de lo único de lo que me acuerdo, supongo que por la emoción y el cúmulo de sensaciones que llevaba encima. Y me abrazó. Y por fin, después de seis meses, le volví a ver. Y joder, ha sido lo mejor que me ha pasado este año. Ese abrazo.

A partir de ahí, me amolde a la rutina americana. Hicimos el vago, mucho, como buenas americanas. Desayunamos mucho café y muchos gofres como con nata en mantequilla (rara pero riquísima) y un día un desayuno muy nutritivo, ya sabéis, huevos, salchichas, patatas y esas cosas. Vi un montón de sitios increíbles y esas cosas que salen en las películas como los bus escolares, los buzones, las bocas de incendio, etc… ¡son de verdad! Discutimos de política (y cuando digo discutir, lo digo con su significado original), aunque no me guste mucho. Dormimos mucho, sin manta, con luz y con patadas  unos días y con manta, luz de cuarto de fotocopiadoras y abrazadas otros. Nos levantábamos y nos desperezábamos y yo me reía mucho, y ojos azules cogía la guitarra y cantaba algo (y eso por las mañanas me encanta). Yo estudiaba, no mucho, menos un par de días que si cundió el tiempo. Luego nos íbamos y nos volvimos materialistas y nos pusimos a comprar ropa como locas. Para las dos, había que gastar 700 dólares y al final los gastamos. Fuimos a una tienda de discos que me cortó la respiración la primera vez que entre (en la segunda casi me da un infarto) y hablamos de música, porque no sabemos, en realidad, hacer otra cosa. Compramos mucho café, de calabaza, que en Spain no he visto, por cierto. Hici(mos)ste cookies y te las comiste todas, guarra. Vimos Sherlock y su maravilloso Sherlocked que nos dejó estupefactas. Comí uvas a las seis de la tarde y celebramos los dos años nuevos juntas. Me enfadé (bueno ni siquiera se puede llamar enfado) porque la de ojos azules se encerraba demasiado y no me gustaba verla así, aunque bueno, después de tanto tiempo “sola” y tan lejos, lo entiendo y no le culpo de nada. Fuimos a la universidad a matricular a la susodicha, después me compré sujetadores gigantes. Me enamoré de todas y cada una de las negras SASSYS que vi, porque todas son tan awesome que debería ser obligatorio desmayarse en su presencia. Seguimos comprando cosas y vivimos una gran experiencia en un autobús.  Cada día que pasaba me acostumbraba más a esa vida y cada día que pasaba era menos consciente de que me tenía que volver. Acabe conociendo a un profesor de guitarra de lo más mejor que se os pueda ocurrir y también me compré un ukelele. Y el último día fue un montón de adjetivos buenos que ahora no me salen, también malos. Lloré y me estresé mucho. Y ya en el aeropuerto… vino lo peor del viaje, despedirme de la ojos azules. Y aunque ella no lo sepa, lloré un poquito cuando ya no alcanzaba a verla con los ojos. Tener que volver a despedirme ¡otra vez! no fue agradable. Para nada.

Y con todas esas cosas me dio tiempo a darme cuenta de que no tengo dinero y me tengo que buscar un trabajo, que a casi nadie le ha hecho gracia que pasase aquí las navidades y me han hecho sentirme muy mal. Y me han hecho elegir algo que ni siquiera me había planteado. Me ha hecho ver que echado de menos cosas que no esperaba y me he dado cuenta de que no echado de menos cosas que si esperaba. Me he dado cuenta de que estoy harta de muchas cosas y me he dado cuenta de que soy demasiado buena persona y debería enfadarme más (no, en realidad no, me gusta como soy, sin enfadarme). También empezado a entender que tengo que llorar cuando me salga y no cerrarme y archivar eso dentro. Me he dado cuenta que prácticamente, las personas más importantes (en este momento y aunque yo no lo sea para ellas) de mi vida viven todas lejos de mí.  Y que me alegra ver que, a pesar de la distancia, todo sigue igual que la última vez que les vi. Y que, cada vez más, me hacen mucha falta.

Ha sido una locura, en todo los sentidos, pero lo importante es que, ver a mis ojos azules ha sido el mejor regalo de navidad (porque no he tenido más, je) y la mejor forma de empezar el año.  Eso es lo único que cuenta. Y ha sido inolvidable. Y el hecho de llamarlo locura es porque, no me veía capaz de hacerlo, y creo que nunca antes, había hecho esto por nadie. Pero por algo soy torpe y adicta a las locuras.

PD: me dejo muchas cosas seguro, pero no lo sabéis así que ajo y agua.

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