domingo, 1 de enero de 2012

Lejos, muy lejos.

Cuando entro en una de esas espirales de problemas sin solución y de conflictos con gente que, realmente, no me importan, estás tu con tu cara blanca de niña y tus ojos saltones, al otro lado de la pantalla diciéndome todos los planes de muerte que tienes tanto para los problemas como para las personas. Y aunque pareza que no, eso me pone tremendamente contenta.
Cuando estoy en la biblioteca perdiendo el tiempo, parece, que me lees la mente y sabes que estoy haciendo de todo menos estudiar, y me acribillas a emails, privados y WhatsApps para decirme que estudie y de tanto insistir, consigues que me ponga en serio hacer las cosas.
A veces, cuando cocinas y me videollamas solo para enseñarme lo que has hecho porque sabes que me encanta y me dices que estás llenando un montón de tupers solo para traermelos y que lo pruebe.
Solo por las veces que has gastado dinero llamándome desde allí cuando te mandaba cosas depresivas y tontas, a las tantas de la madrugada.
Cuando iba a tu casa y me dejabas cocinar, sabiendo lo perdido que iba a poner todo. Y luego, sin decirme, nada, lo limpiabas tú todo.
Cuando dormíamos las dos y me sacabas fotos para hacerte un book de fotos mías para llevarte allí.
Cuando esa vez, hace tres años, te gastaste ochenta euros para volver solo porque yo necesitaba que estuvieras conmigo, y viniste diciéndome: Tú eres más importante.
Porque nunca necesitas preguntarme las cosas y adivinas lo que me pasa, como si de alguna extraña manera, tuvieramos una red de neuronas invisibles que unen nuestras cabezas.
Incluso, me da la sensación de que nos echamos tanto de menos, que cuando nos vemos por primera vez después de mucho tiempo, el tiempo se para y nos recuerda, que, en realidad, no había kilómetros entre nosotras, solo tiempo.
Porque ahora mismo, me encantaría estar contigo, tomando cualquier tipo de té raro que tienes en tu armario de tés. Y revolvertelo. Y desordenartelo. Y que me eches la bronca por hacerlo.
Porque eres todo lo que me falta en cada momento.
Porque eres mi familia y sabes que eres una de las personas que hacen que pueda andar y correr.
Y que tus palabras son las que más me hacen reír, pero también, las que más me hacen llorar. Porque todo lo que dices me importa, me afecta.
Porque te quiero, aunque eso lo tienes más que presente.
Porque no soporto que te enfades conmigo y no me dejes hablarte y sobretodo, no aguanto que me digas que no quieres que vuelva. Porque no puedes hacerme elegir así.
Porque sabes que no es justo.
Y porque haces que me sienta lejos...lejos de tí.



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