domingo, 6 de mayo de 2012

Nadie quedará invisible.


Puede que esto sea una carta, unas disculpas o una manera de dar salida a las cosas que ya no puedo callar más.

En el último mes mi vida se desgasta entre la universidad, de voluntaria en la Casa de la Mujer y en un comedor social y un trabajo a tiempo parcial en un centro de niños con parálisis cerebral, más las idas y venidas de un sitio a otro, perdiendo a toda la gente que antes nunca faltaba. Una vida nómada de una ciudad a otra, y de unas personas a otras.

No he visto una cosa más grande que en momentos las personas menos indicadas (socialmente, claro) sepan arreglar. Pensareis que unos niños con parálisis cerebral no tendrán mucho que decirme, pero estáis equivocados, creo de verdad que si los dejaran salir de ese sitio en el nunca se sentirán libres, arreglarían el mundo. O por lo menos esa parte que la humanidad ha perdido, el ayudarnos unos a otros solamente por el hecho de construir un mundo mejor todos juntos, de devolver ese individualismo feroz a las manos de quien nos lo dio. De volver a integrarnos, de volver a donde estábamos antes de acabar así, sin nada a lo que agarrarnos, llevando a la desesperación a millones de personas, que ya no tienen nada que perder.

¿Queremos un mundo así? ¿Somos tan egoístas? La gente no quiere vivir más en un mundo así, la gente prefiere morir, porque parece ser que su muerte es lo único que controlan de sus vidas. Mejor morir, que vivir muertos en una sociedad que poco a poco institucionaliza la desigualdad, mientras nos compra con la televisión, con internet, con la promesa de que dependiendo de la cantidad de cosas que tengas tendrás un mejor nivel de vida. Y se te niegas a entrar en ese modelo de consumismo, también feroz, estás viviendo por encima de tus posibilidades. Porque si te exigen que te amoldes y no lo haces, vives marcado el resto de tus días. Cuánta gente está sufriendo por querer algo mejor que esto, ¿cuántos presos políticos tiene que haber en las cárceles para que nos demos cuenta?

Nose ni cuantas familias veo muchos días en el comedor social, con hijos, hijos pequeños que ya el dinero ni siquiera les da para vivir, mientras gente tiene el lujo de cazar elefantes, romperse la cadera y no esperar ni una hora a ser atendido, mientras hay gente que roba pero nunca va a la cárcel, mientras políticos se suben el sueldo y la gente se asienta en las calles a falta de viviendas accesibles… Mientras se sigue dando una cantidad astronómica y vergonzosa cantidad de dinero a once gilipollas que no saben más que dar patadas a un balón.

Es triste. Tan triste que acaba por afectarme demasiado. Siempre nos dicen que en este tipo de trabajos, el trabajo con personas en desigualdad social, hay que aprender a separarse emocionalmente. Pero creo que es una tarea bastante imposible. No puedo pasar por alto toda la miseria a la que la gente está expuesta, no puedo pasar por alto las lágrimas de todas esas madres que no pueden dar a sus hijos ni una comida caliente al día, unos padres destrozados y frustrados por la búsqueda de un trabajo digno que nunca llegará, gente dada a las drogas, la bebida porque han perdido la esperanza en que el mundo pueda convertirse en otra cosa… Miserias e historias de personas invisibles, historias que nunca saldrán a la luz para no reflejar la vergüenza que tiene vivir en este país. Historias que nadie conocerá, historias, no de vencedores, sino historias de esas que joden conciencias.

A pesar en el desastre emocional que llevo encima, nunca pierdo ese ápice de esperanza que me hace soñar, porque como dijo Ricardo Flores Magón: “El insulto, el presidio y la amenaza de muerte no pueden impedir que el utopista sueñe…”. Da igual cuanto me pesen las cosas, habrá que seguir enfrentándose a este sistema devorador de personas porque sé, o quizás porque sueñe, que podemos vencerlo.

Y vencerlo no por mí, vencerlo por todas estas historias invisibles y por todos los compañeros que murieron intentando construir un mundo mejor en el que el dinero no importa, en el que no existe un estado compuesto por un sistema inaccesible que decide sobre nuestras vidas, una vida en la que no todos tendrán un coche pero sí que podrán aspirar a comprarlo, un mundo donde dejen de existir, de una vez, historias de gente invisible.

Las vías de lucha contra ese sistema serán las que tengan que ser, si hay que coger armas, se cogerán las armas, no hay que vacilar, no tenemos que caer en ese pacifismo patrocinado por las instituciones, que te dice cuando puedes manifestarte o no. No volveremos a caer en cosas como el 15M, que se meten en unos líos burocráticos de la lucha hasta el absurdo. Porque lo importante no es tener ideas, es saberlas llevar a una acción útil. Una idea sin acción no sirve de nada, nunca tendrá capacidad de convertirse en un elemento de transformación política. Sin acción solo quedan ideologías vacías.

Yo estoy cansada, decepcionada y quemada y muchos más adjetivos que ahora mismo no sabría definir. Decepcionada no con la sociedad en general sino con personas en particular. Quemada por seguir en una lucha que por ahora ha dado pocos frutos. Y bien se que son las ansias de cambio las que hablan por mí. Pero no es nada fácil convivir con esto todos los días y no sentir una impotencia que va desde los pies a la cabeza y que va destrozando poco a poco.

Sé que a pesar de todo el negativismo que hay en esta “carta” me quedan muchos motivos para seguir adelante con mi grano de arena, aportando a esta lucha. Solamente por todas las personas que se arriesgan día a día por combatir este sistema de la manera que sea, mediante el periodismo, la música, las acciones pequeñas con colectivos alternativos, el trabajo por crear un frente de contra información…

Daros las gracias porque a pesar de no conoceros a muchos, siento vuestro apoyo, y me alegra que haya gente que todavía mira en la misma dirección que yo.