viernes, 15 de junio de 2012

Viernes

Ha entrado por la puerta de casa, sonriendo. Con el calor impregnado en la cara y gotas de sudor resbalándole por la frente. Ha gritado entusiasmado, sus ojos daban vueltas y sin embargo miraban fijamente los míos. Sus palabras se entremezclaban, había conseguido su primer título oficial. Después de ir a muchas clases, por fin lo había conseguido. Me ha dado un abrazo y temblando le he devuelto la sonrisa que se merecía. Estoy orgullosa de él. Después de tanto esfuerzo, lo ha conseguido. Pronto ha ido y lo ha dejado en su cuarto, en la mesa, bien colocado, a la vista, para que todos supieran que lo tenía.
No es un niño, pero me asaltó la visión de mi padre jugando como si fuera uno más de todos esos niños que juegan en un parque y viven, y saben que conseguirán, con mucho esfuerzo, pasar las anillas.
Acaba de conseguir su primer título oficial, un curso que empezó cuando se quedo en paro.
Me emocionado. Él también. Cuando nos hemos soltado me ha dicho que esto es lo único que puede darnos. No puede ser el padre que le gustaría ser. No puede traer un sueldo.
Pero puede traernos el esfuerzo que hace por sacarnos adelante. Puede traernos los intentos de aspirar a algo mejor. Puede traernos los sueños. Puede traernos vida.
Para mí es suficiente. Es suficiente ver que todavía le queda ilusión después de todas las ostias que le ha dado la vida. Para mi es un rayo de algo que no se si es esperanza, pero se le parece mucho.



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