jueves, 26 de julio de 2012

21

No se si todavía leéis esto, quiero pensar que sí, porque en este día solo puedo acordarme de vosotros. Y dicen que despertarse es mejor que dormir, aunque duela y cuesta, las cosas son mejor así.

Decidisteis compartir melancolías, 
soledades y fantasmas a la par;
miedos locos tristezas y alegrías
y jurasteis no engañaros nunca más.
Decidisteis vadear el ancho muro
que separa la mentira del perdón
y revolcaros en el olvido hasta borrar
las heridas de una espina envuelta en flor.

Hoy la vida no os sonríe y Dios dirá
si el futuro os depara un buen color,
regalándoos otra oportunidad
de empezar con vuestro pie bueno (ya van...).
Y mil veces más tendréis que recorrer
la vereda más incierta y perdonar...
Mientras no os lluevan piedras os irá mejor que bien.
Ojalá que el sol no os deje de brillar

Y confío en que no olvidéis el infierno
y los motivos que os llevaron allí
y que la vida no os guíe hasta lo negro,
espiral de donde no hay forma de salir.
Y una lágrima es mayor que el mar entero
cuando el viento lleva a lomos la traición
porque la vida se convierte en un invierno
tenebroso para dos...

lunes, 23 de julio de 2012

Compañeros de piso


Hoy escribo acompañada, si funciona, lo seguiremos haciendo.

Al final todos queremos que alguien piense en nosotros cuando el día se acaba. Es lo único que necesitamos, a alguien. Sea lo que sea que haga para que nos sintamos mejor, da igual. Y sea cual sea la relación que tienes con ese alguien. Lo necesitamos. Y estamos empeñados en que no y no, es una mierda, todos necesitamos a alguien. Y si admitiéramos esto cuando tenemos que admitirlo todo sería más fácil.

Uxue

Quisiera muchas cosas…o quería, ahora lo único que tengo es una prima que me quiere y casi toda una familia que nos mira con desaprobación en las fotos de la entrada. Estamos ahí y no estamos. Y la verdadera razón por la que escribo hoy es porque no nos merecemos esto, y no me cansaré de decirlo, aunque nos cueste unos cuantos gritos, lloros y abandonos.

Íñigo

viernes, 20 de julio de 2012

The Sixth Station

A veces, las personas entran a escondidas y nos muerden, y cuando nos damos cuenta, todo revienta y solo nos queda correr con la esperanza de que los pedazos de esa explosión no nos alcancen. El mundo de las personas es una cárcel invisible, solo podemos mentirnos por un tiempo, nos agotamos, temblamos de miedo. Solemos negarlo pero eso no hace que las cosas sean menos reales, antes o después tenemos que salir al mundo, de frente; cuando todo revienta nos espera una oscuridad enorme, ¿pero cómo logras que no te sobrecoja?

martes, 17 de julio de 2012

No invito yo.


Brindo por los tiempos pasados, por mi propia crisis de los 20, mi año perdido...Por el exceso, el olvido, el fracaso y la ceguera.

domingo, 1 de julio de 2012

El desenlace


La enfermera que cuida a mi abuelo llamó por teléfono para decirnos que deberíamos acudir enseguida. "Es urgente", añadió. Veinte minutos más tarde llegamos y ví un montón de personas que ni sabía que eran de mi familia. Fui junto a mi abuelo y le cogí de la mano. Me impresionó mucho el frío de sus dedos y la textura de su piel, como papel de lija. Respiraba agitadamente y tenía una mirada de espanto enmarcada por unas ojeras de vampiro y unas cejas despeinadas.

La enfermera nos recomendaba avisar a una ambulancia. Por la manera de cómo me apretaba la mano, deduje que él prefería no hacerlo. Le pregunté si le dolía algo y me respondió con un movimiento de cabeza de negación rotunda, como si, en ese momento, el dolor fuera lo que menos le preocupaba. Hacía tiempo que el médico nos dijo que el desenlace podía producirse en cualquier momento y que ingresarlo de manera preventiva podría haber empeorado la situación en vez de mejorarla. "Desenlace" es el eufemismo que utilizamos para referirnos a la muerte y, como llevamos tanto tiempo hablando así, ya no me resulta tan ridículo como al principio.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, mi abuelo me tiró hacia él y, al oído-y con una voz que parecía salirle del fondo de los pulmones-, me susurró que tenía que decirme algo importante y que por favor, sacara a toda “esa gente” de su cuarto y cerrara la puerta. Todos me miraban con mala cara, pero salieron afuera.
Mi abuelo se incorporó un poco y me pidió agua. Me di cuenta de que tenía unos pelos enormes en las fosas nasales y en las orejas, y el pijama manchado, probablemente de sopa.

-¿Qué se ha dicho siempre de los icebergs?-me preguntó.

Suspiré. Creí que quería hablarme de la muerte o darme un último consejo. No esperaba una nueva elucubración sobre la materia, el espacio o cualquiera de las obsesiones que, desde que dejó de trabajar como taxista, le han mantenido ocupado. Le miré con compasión, sonreí, pero él seguía alterado y esperaba, impacientemente, mi respuesta:

-¿Qué los icebergs sólo muestran una parte de lo que son?-le dije con un tono de alumna aplicada.

-Exacto-respondió.

-Que esconden nueve décimas partes de su volumen-continúe.

-Eso mismo-dijo.

Ignoraba a dónde quería ir a parar.

-¿Y?-le pregunté.

Fue una pregunta retórica, una referencia de complicidad, un homenaje a la manera como, desde siempre, me ha enseñado a pensar. Durante años, cuando le contaba cualquier cosa –de niña, con entusiasmo o inquietud; de adolescente, con pesadumbre o preocupación; de “adulta” con indignación o presionada-, él solía mirarme fijamente y me preguntaba:

-¿Y?

Dependiendo del momento, aquel "¿Y?" impregnado de sabiduría de persona mayor, me resolvía casi todas las dudas. Si la pregunta era llena de miedo, relativizaba los peligros y me decía como debía resistir y no dejarme intimidar por los obstáculos. Si la pregunta era arrogante, me hacía volver a la realidad y darme cuenta de que sólo había descubierto una pequeña parte de la respuesta global, que requería más esfuerzo, más tiempo y más reflexión.

El "¿Y?", era como una clave privada y, en ese momento, pronunciada por mí en esa habitación que olía a cerrado, sonaba como impertinente. Veía a mi abuelo incapaz de captar nuestro pasado y eso me preocupó. La dificultad para respirar y la angustia que me transmitía su mirada me obligaban a tomarme en serio el diálogo que él intentaba llevar hacia un objetivo que yo desconocía.

-Creo que muchos icebergs no se esconden nueve décimas partes y que esto es falso, que lo hemos dado por bueno por pereza, porque nunca nos hemos tomado la molestia de comprobar si todos los icebergs siempre esconden nueve décimas partes de su materia –dijo finalmente.

Sonreí. Por un lado para intentar tranquilizarlo; por otro, para intentar tranquilizarme yo. No sabía que decirle. Creo que le cogía de la mano para ganar tiempo y buscar palabras que, estaba segura, no estarían a la altura de su inquietud. Cuando empecé a encontrarlas, sentí que se crispaba, que la respiración se apagaba y que, de repente, toda la fuerza que procuraba acumular desembocaba en una larga inspiración.
No avisé a la enfermera. Sabía que estaba muerto, aunque actuaba como si todavía fuera un enfermo.

Seguía acariciándole la mano y pude sentir cómo sus dedos, que ya estaban fríos, se enfriaban aún  más. El dolor que sentí en ese instante no tenía nada que ver con ningún dolor anterior. No me podía mover. Me habría gustado avisar a mi madre pero temí que, si abría la boca, iba a vomitar. Me dio la impresión de que debía darle a mi abuelo una impresión tan firme como la que tuvo él cuándo murió mi abuela. Espanté los recuerdos de aquel momento porque sospeché que no iba a ser capaz de resistirlos y que, en ese instante, me convenía acumular fuerzas.

Cuando intenté mover las piernas, no me respondían. A pesar de todo, me incorporé  un poco y, con la ayuda del respaldo de la silla, conseguí ponerme de pie. El dolor continuaba, pero, no se manifestaba exteriormente. Miré a mi abuelo. Los músculos faciales parecían haberse liberado de la de la tensión que los manejaba cuando había llegado. Coincidiendo con el primer sollozo –una exhalación de tristeza que me explotó en la boca-, empecé a pensar que había llegado a tiempo, y este pensamiento inició una larga cola de razonamientos absurdos que intentaban calmar la parte más dura de todo lo que había pasado durante este año.

Mientras lloraba –en ese momento, sin control, con una intensidad que me hizo sentir una vergüenza infinita-, pensé en que era un iceberg a la deriva y que ojalá tuviera nueve décimas partes de materia debajo de mí.