domingo, 1 de julio de 2012

El desenlace


La enfermera que cuida a mi abuelo llamó por teléfono para decirnos que deberíamos acudir enseguida. "Es urgente", añadió. Veinte minutos más tarde llegamos y ví un montón de personas que ni sabía que eran de mi familia. Fui junto a mi abuelo y le cogí de la mano. Me impresionó mucho el frío de sus dedos y la textura de su piel, como papel de lija. Respiraba agitadamente y tenía una mirada de espanto enmarcada por unas ojeras de vampiro y unas cejas despeinadas.

La enfermera nos recomendaba avisar a una ambulancia. Por la manera de cómo me apretaba la mano, deduje que él prefería no hacerlo. Le pregunté si le dolía algo y me respondió con un movimiento de cabeza de negación rotunda, como si, en ese momento, el dolor fuera lo que menos le preocupaba. Hacía tiempo que el médico nos dijo que el desenlace podía producirse en cualquier momento y que ingresarlo de manera preventiva podría haber empeorado la situación en vez de mejorarla. "Desenlace" es el eufemismo que utilizamos para referirnos a la muerte y, como llevamos tanto tiempo hablando así, ya no me resulta tan ridículo como al principio.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, mi abuelo me tiró hacia él y, al oído-y con una voz que parecía salirle del fondo de los pulmones-, me susurró que tenía que decirme algo importante y que por favor, sacara a toda “esa gente” de su cuarto y cerrara la puerta. Todos me miraban con mala cara, pero salieron afuera.
Mi abuelo se incorporó un poco y me pidió agua. Me di cuenta de que tenía unos pelos enormes en las fosas nasales y en las orejas, y el pijama manchado, probablemente de sopa.

-¿Qué se ha dicho siempre de los icebergs?-me preguntó.

Suspiré. Creí que quería hablarme de la muerte o darme un último consejo. No esperaba una nueva elucubración sobre la materia, el espacio o cualquiera de las obsesiones que, desde que dejó de trabajar como taxista, le han mantenido ocupado. Le miré con compasión, sonreí, pero él seguía alterado y esperaba, impacientemente, mi respuesta:

-¿Qué los icebergs sólo muestran una parte de lo que son?-le dije con un tono de alumna aplicada.

-Exacto-respondió.

-Que esconden nueve décimas partes de su volumen-continúe.

-Eso mismo-dijo.

Ignoraba a dónde quería ir a parar.

-¿Y?-le pregunté.

Fue una pregunta retórica, una referencia de complicidad, un homenaje a la manera como, desde siempre, me ha enseñado a pensar. Durante años, cuando le contaba cualquier cosa –de niña, con entusiasmo o inquietud; de adolescente, con pesadumbre o preocupación; de “adulta” con indignación o presionada-, él solía mirarme fijamente y me preguntaba:

-¿Y?

Dependiendo del momento, aquel "¿Y?" impregnado de sabiduría de persona mayor, me resolvía casi todas las dudas. Si la pregunta era llena de miedo, relativizaba los peligros y me decía como debía resistir y no dejarme intimidar por los obstáculos. Si la pregunta era arrogante, me hacía volver a la realidad y darme cuenta de que sólo había descubierto una pequeña parte de la respuesta global, que requería más esfuerzo, más tiempo y más reflexión.

El "¿Y?", era como una clave privada y, en ese momento, pronunciada por mí en esa habitación que olía a cerrado, sonaba como impertinente. Veía a mi abuelo incapaz de captar nuestro pasado y eso me preocupó. La dificultad para respirar y la angustia que me transmitía su mirada me obligaban a tomarme en serio el diálogo que él intentaba llevar hacia un objetivo que yo desconocía.

-Creo que muchos icebergs no se esconden nueve décimas partes y que esto es falso, que lo hemos dado por bueno por pereza, porque nunca nos hemos tomado la molestia de comprobar si todos los icebergs siempre esconden nueve décimas partes de su materia –dijo finalmente.

Sonreí. Por un lado para intentar tranquilizarlo; por otro, para intentar tranquilizarme yo. No sabía que decirle. Creo que le cogía de la mano para ganar tiempo y buscar palabras que, estaba segura, no estarían a la altura de su inquietud. Cuando empecé a encontrarlas, sentí que se crispaba, que la respiración se apagaba y que, de repente, toda la fuerza que procuraba acumular desembocaba en una larga inspiración.
No avisé a la enfermera. Sabía que estaba muerto, aunque actuaba como si todavía fuera un enfermo.

Seguía acariciándole la mano y pude sentir cómo sus dedos, que ya estaban fríos, se enfriaban aún  más. El dolor que sentí en ese instante no tenía nada que ver con ningún dolor anterior. No me podía mover. Me habría gustado avisar a mi madre pero temí que, si abría la boca, iba a vomitar. Me dio la impresión de que debía darle a mi abuelo una impresión tan firme como la que tuvo él cuándo murió mi abuela. Espanté los recuerdos de aquel momento porque sospeché que no iba a ser capaz de resistirlos y que, en ese instante, me convenía acumular fuerzas.

Cuando intenté mover las piernas, no me respondían. A pesar de todo, me incorporé  un poco y, con la ayuda del respaldo de la silla, conseguí ponerme de pie. El dolor continuaba, pero, no se manifestaba exteriormente. Miré a mi abuelo. Los músculos faciales parecían haberse liberado de la de la tensión que los manejaba cuando había llegado. Coincidiendo con el primer sollozo –una exhalación de tristeza que me explotó en la boca-, empecé a pensar que había llegado a tiempo, y este pensamiento inició una larga cola de razonamientos absurdos que intentaban calmar la parte más dura de todo lo que había pasado durante este año.

Mientras lloraba –en ese momento, sin control, con una intensidad que me hizo sentir una vergüenza infinita-, pensé en que era un iceberg a la deriva y que ojalá tuviera nueve décimas partes de materia debajo de mí. 
  

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