lunes, 3 de septiembre de 2012

Déjame Entrar

- ¿Eli? ¿Quieres hacer una cosa?
Ella seguía aún mirando al techo.
- ¿El que?
- ¿Quieres… firmar un pacto conmigo?
- Sí.
Si ella hubiera preguntado que cómo, tal vez le hubiera explicado lo que había pensado hacer antes de hacerlo. Pero ella sólo dijo que sí. Que participaba, fuera lo que fuese. Oskar tragó fuerte, cogió la hoja del cuchillo con el filo contra la palma y, cerrando los ojos, lo deslizó por su mano. Un dolor punzante, intenso. Jadeó. ¿Lo he hecho?
Abrió los ojos, abrió la mano. Sí. Se podía ver una fina hendidura en la palma, la sangre manaba despacio; no, como él pensaba, en una estrecha línea, sino como una cinta de perlas, que, mientras las miraba fascinado, se unieron en una línea más gruesa y más desigual.
Eli levantó la cabeza.
- ¿Qué haces?
Oskar tenía aún su mano delante de la cara y mirándosela fijamente dijo:
- Esto es muy sencillo. Eli, no es nada…
Puso su mano sangrante delante de ella. Sus ojos se agrandaron. Eli meneó con fuerza la cabeza mientras se echaba para atrás, alejándose.
- No, Oskar…
- ¿Qué te pasa?
- Oskar, no.
- No duele casi nada.
Eli dejó de echarse para atrás, clavando la vista en la palma de Oskar mientras seguía negando con la cabeza. Éste sujetaba con la otra mano la hoja del cuchillo, se lo tendió con el mango por delante.
- Tú solo tienes que pincharte en el dedo o así. Y luego lo mezclamos. Así sellaremos el pacto.
Eli no tomó el cuchillo. Oskar lo dejo en el suelo entre ellos para poder recoger con la mano buena una gota de sangre que caía de la herida.
- Venga, vamos. ¿No quieres?
- Oskar… no puede ser. Te contagiaría, tú…
- No se nota nada, esto…
Un fantasma se adueño de la cara de Eli, transformándola en algo tan diferente de la chica que él conocía que se olvidó de la gota de sangre que caía de su mano. Parecía como si ahora ella fuera el monstruo que había fingido ser cuando jugaban, y Oskar se echó para atrás al tiempo que el dolor de su mano aumentaba.
- Eli, qué…
Ella se levantó, puso las piernas debajo del cuerpo, estaba a cuatro patas mirando fijamente la mano que sangraba, gateo un paso hacia él. Se detuvo, apretó los dientes y chilló:
- ¡Vete de aquí!
A Oskar se le saltaron las lágrimas de miedo.
- Eli, termina. Deja de jugar. Déjalo.
Eli avanzó otro poco a cuatro patas, se paró de nuevo. Obligó a su cuerpo a bloquearse y, con la cabeza agachada, gritó:
- ¡Vete! Si no, morirás.
Oskar se levantó, reculó un par de pasos. Sus pies tropezaron con la bolsa de las botellas vacías de manera que estás cayeron estrepitosamente. Se apretó contra la pared mientras Eli gateaba hasta la pequeña mancha de sangre que había goteado de su mano.
Cayó otra botella más, rompiéndose contra el cemento, mientras Oskar permanecía arrimado contra la pared y sin quitarle ojo a Eli, que sacaba la lengua y lamía el sucio suelo de cemento en el sitio donde su sangre había caído. Una botella tintineó débilmente y luego se paró. Eli lamía y lamía el suelo. Cuando alzó la cabeza, tenía una mancha gris de suciedad en la punta de la nariz.
- Vete… por favor…vete…
Después, el fantasma se posó de nuevo en su cara, pero antes de que se adueñara totalmente de ella se levantó y echó a correr a lo largo del pasillo del sótano, abrió la puerta de su portal y desapareció.
Oskar se quedó allí con la mano herida bien apretada. La sangre empezaba a manar por entre los dedos. Abrió la mano y miró la herida. Era más profunda de lo que había planeado, pero no era peligroso, creía. La sangre empezaba ya a coagularse. Miró la mancha ahora pálida del suelo. Luego probó a lamer un poco de sangre de la palma de su mano, escupió.

John Ajvide Lindqvist.

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