martes, 23 de octubre de 2012

La vida y la muerte son nombres de persona.


Yo creo que todos hemos pensado cosas sobre la muerte. No se cuales, pero seguro que en algún momento de vuestra vida, un pensamiento sobre ella hemos tenido. Da igual en que momento. O en que actitud.
La gente muere día tras día y no hay un solo periódico que no nos inunde con terribles imágenes sobre lo malo de la muerte, sobre su crudeza. Todas las sociedades se han empeñado en buscar lo eterno e inalcanzable de la vida y el tiempo, de ganar la batalla a la muerte. No queremos envejecer, ver arrugas en el rostro nos asusta, ver correr el tiempo tan rápido nos agobia, soñamos con ese Nunca Jamás de Peter Pan. Yo también. A mí la muerte también me asusta.
Sin embargo, hay algo de cariño a ese miedo. Hay algo de cariño a esa muerte. Hay algo de esperanza que brilla cuando llega. Cuando alguien decide tomar a la muerte como compañera de viaje en vez de cómo un enemigo, cuándo alguien abre los ojos y se da cuenta de que la vida le ha dado y quitado todas las cosas que podía, que la muerte, en el fondo va a traer más vida de la que va a quitar, es en ese momento, cuando pienso que aún quedan personas que respetan la vida en su más pura esencia, cogen la mano a la muerte y se alejan con ella. Porque cuando se las lleva, nunca son ausencia, es como un vacío que nos llena, una presencia que aún nos da la vida que creemos perder en ese vacío.
Yo ahora tengo un agujero enorme en el estómago. El mero hecho de pensar que alguien ha decidido irse, morir, con todas consecuencias me alivia y me atormenta a todas horas. Con parte de culpa, de no poder entender ni acompañar esa decisión, de saber que la muerte sabrá darle el alivio que aquí no ha podido encontrar, de saber que yo acabaré cediendo a la tristeza cuando todo esto pase.
Pero me quedará el alivio de saber que esa persona murió eligiendo, el acto de más libertad que existe, poder decidir con todas las consecuencias que eso exige. No puedo elegir otro camino mejor para ella, porque sé que, lo hace tan consciente que es como un regalo. Difícil de asimilar, pero un regalo, para ella y para nosotros.
Puede que sea una manera de intentar aceptar las cosas pero quiero pensar que la oportunidad que nos da ella, es un pensamiento de consolación, quiero pensar que de verdad creo lo que estoy pensando, quizás porque es más bonito o más esperanzador. Pero no es malo, un poco de esperanza nunca es malo. Y saber convertirla en algo que nos permita avanzar es lo mejor que podemos hacer con esos vacíos llenos que tanto nos pesan.
Yo sé que aunque vaya a sentir mucha tristeza y muchas cosas que me van a nublar, el pensamiento está aquí y poco a poco entenderé porque a veces las cosas son como son.

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