martes, 6 de agosto de 2013

DEPILARSE O NO DEPILARSE, ESA NO ES LA CUESTIÓN.

Creo que no recuerdo cuándo fue la primera vez que me depilé, por lo menos, no el momento exacto, sólo recuerdo que los adultos de mí alrededor, sobre todo las mujeres, lo veían como una transición a la vida más adulta, cómo si por quitarme cuatro pelos iba a ser más madura. En ese momento no pensé porque tenía que depilarme o porqué lo considerado como femenino tenía que ser ausencia de vello corporal. La verdad es que me depilé y punto, ya era mujer. (Mi prematuro primer periodo fue a los nueve años, por tanto, según dictan las normas sociales respecto a los roles de género, con nueve años ya era “mujer” casi entera).

Esa transición fue extraña, dejaba la inocencia y comenzaba la adolescencia, como “mujer”. Claro, todo esto suponía que las tetas me habían crecido, (a veces llegué a pensar que más de lo que me gustaría, pero ese es otro tema) y mis hormonas estaban empezando a dispararse. Recuerdo muy bien la publicidad de aquellos años, cómo me aplastaron la moral todos esos mensajes que me decían como tenía que ser, cómo debía comportarme. Fue una etapa realmente dura para mí. Me explico.

Yo era, básicamente, lo opuesto a una adolescente mujer, (que no digo que dejará de ser más o menos femenina por eso, pero en ese momento no tenía la capacidad crítica que tengo ahora), y me rebelé. Crecí en la calle, desperdigada, era la típica con dos millones de moratones y cincuenta raspazos, mi mejor amigo era un chico y jugábamos a cosas de “chicos” (o lo que se entendía en ese momento por eso), me gustaba jugar a la play, a Alone In The Dark sobre todo, y nunca coleccioné cartas de olor. Siempre me vestía en chándal o en vaqueros, camisetas de tirantes (porque otro de mis rasgos no femeninos era sudar mucho), y creo recordar que no me puse un vestido en toda mi adolescencia. Jugaba a balonmano, un deporte duro y bruto y mi espalda parecía la de “un chico” ya que rompía las costuras de las chaquetas. Y por supuesto, no cabía en los pantalones de la talla 36 de Bershka. Todo esto me dio un aspecto de chico-chica brutal. Siempre lo he parecido, un poquito andrógina, salvo por mi eterno pelo largo, que creo que era mi deseo de ser la “chica” que no podía ser.

Llegué a pensar que era una marimacho, como se me decía por aquel entonces, y creo que me comportaba como tal porque necesitaba una identidad, algo con lo que decir al mundo que no quería ser lo que los demás me decían, aunque eso me supusiera muchos enfrentamientos contra todo lo que suponía el ser mujer. Lo sufrí mucho, en silencio, porque, desde luego, como yo, no había muchas. Supuso romper la relación con “mi cuadrilla” en la que no me sentía identificada, y en la que no encajaba. Y me quedé sola, aunque mi nivel de amor propio creció como la espuma. Y lo agradecí enormemente. Fue una etapa en la que me miraba al espejo y veía una Uxue a la querer y a la que respetar. Y era feliz.

Seguía depilándome, eso no cambió. Con la creciente autoestima empecé a feminizarme sin darme cuenta, empecé a ir a Breshka y esos lugares (aunque seguía sin encajar en la talla 36). Empecé a ser más “chica”, pero con mis toques de rebelión marimacho. Lo cual confundía mucho a los demás, pero me gustaba jugar con esas dos facetas.

No sé en que momento se acabó la adolescencia y empezó la madurez. Creo que he empezado a ser realmente madura con 20 años, cuando me declaré feminista por primera vez. Hasta entonces mi experiencia con los roles de feminidad ha sido muy movidita, ahora estoy liberada, ahora disfruto de mi feminidad no impuesta por nadie sino decidida por mí. Y es maravilloso.

No he hablado de la depilación, que es para lo que había venido aquí, ya lo sé. Pero he creído conveniente explicar el proceso que he vivido como mujer para que os deis cuenta de que los procesos sociales de género que vivimos son importantes y marcan muchas de las decisiones que tomamos como adultos respecto a esos temas. Como decía Simone de Beauvoir, no se nace mujer, se llega a serlo.

Depilarme o no depilarme. Llevo un mes sin depilarme, no es mucho tiempo, pero es romper una norma social, y eso nunca es fácil, por mucha conciencia que hayas tomado sobre el tema. Al principio estaba emocionada, la conciencia feminista que he ido cogiendo estos últimos meses es alucinante y me está dando una iniciativa que creía perdida. Acepté de manera muy natural el ir con mi pelo por la calle, enseñándolo, sin apenas notar los juicios callejeros. Para mí era normal, y era una vivencia corporal nueva y emocionante.

Todo eso cambió en el mismo momento en el que empecé a fijarme en las reacciones de los demás. En las miradas, en los comentarios y en los encontronazos. Me he sentido invadida muchas veces, pero siempre convencida de lo que estoy haciendo, eso sí. Claro, todo eso no es cómodo, ir por la calle y que te miren el 40% de las personas que pasan por allí, haciendo, seguramente, sus respectivos juicios de valor en silencio, no es cómodo. Aunque lo que me mata de verdad, son las miradas de desaprobación.

Haciendo un cálculo aproximado, los que más se fijan son los hombres, aunque supongo que eso viene de su supuesto privilegio de ir analizando a las mujeres en los espacios públicos. A muchos les incomoda, a otros no les importa porque me están mirando las tetas y no alcanzan a nada más, otros simplemente se sorprenden. Los hombres mayores se incomodan mucho, uno de los encontronazos fue con un hombre de unos cincuenta. La situación fue la siguiente: Yo iba tranquilamente en la villavesa, sentada en esos asientos de cuatro, él se subió dos paradas después de mí y se sentó en frente mía. Noté enseguida que empezó a mirarme de arriba abajo y yo, amablemente le dije qué estaba mirando tanto y me dijo: con esas piernas no ligarás con muchos chicos, no deberías ser tan dejada. Me quedé muda, a veces alucino con el privilegio con el que se ven algunos hombres a la hora de dar consejos sobre supuesta feminidad a las mujeres (aparte de imponerme un modelo heternormativo de sexualidad). Y suena absurdo, precisamente porque lo es.

Yo no pude quedarme callada, obviamente, y le contesté: Es curioso cuando los hombres intentáis imponernos la feminidad a las mujeres, os jode que haya mujeres que decidan no responder a vuestras reglas. Ahí fui yo la que lo dejó mudo. La conversación se acabó, el no volvió a mirarme y yo a él tampoco. Pero fue chocante y no paré de mirarme las piernas hasta bajarme de la villavesa.

La conclusión que saqué de esa situación fue que los pelos de las mujeres incomodan, tal vez porque a los hombres también se les ha impuesto un modelo de mujer, y esa es la única mujer que les puede gustar, todos sabemos que el patriarcado también oprime a los hombres. Eso es de lo que se trata. Otra de las cosas que se me vinieron a la cabeza es que la sociedad asume que la depilación es exclusivamente de las mujeres y que, los hombres que lo hacen son unos maricas o unas niñas, vamos, que como todo lo femenino es sinónimo de debilidad, está mal que un hombre adopte esas conductas.
En la última reflexión acabé cabreada, por una parte entendí que queda muchísimo trabajo en cuanto a romper roles de género, y por otra, que parece que a pesar de mis esfuerzos por hacerlo, se crean categorías para encajarme en otro rol. Vuelvo a ser una marimacho. Y eso me cabrea. Aunque al igual que mi lenguaje se ha apropiado de palabras como feminazi, puta, zorra y derivados, también lo está haciendo de la palabra marimacho. Esa es la pequeña diferencia. Cuando alguien te dice puta en su tono despectivo y tú contestas ¡y mi coño lo disfruta! Lx desencajas, porque ya no sabe dónde encasillarte y es un pequeño frente de lucha importante.

Por otra parte, están las mujeres. La reacción me ha sorprendido porque me he cruzado con muchísimas que van sin depilar y eso, la verdad es que me ha subido mucho la autoestima. Es interesante, porque a pesar de no depilarme me quedo mirando a las que tampoco lo hacen, como si para mí, esa visión tampoco encajase en la imagen que “deben” de dar las mujeres. Uno de esos momentos lo recuerdo con mucho cariño, pasó hace relativamente poco. Yo iba caminando por la calle, en mi mundo, con mis cascos y con mi música, cómo me emociono mucho no me entero de lo que pasa a mi alrededor y me choqué con una chica, cuando reaccioné y la miré vi que iba sin depilar y sin quererlo, ella también se dio cuenta, cuando nos miramos a los ojos sonreímos y nos disculpamos. Fue extraño, fue cómplice, fue mirarnos y pensar somos compañeras, fue, podría decir, bonito.

Cómo es lógico hay más reacciones, de desaprobación, a veces, incluso caras de asco, comentarios entre grupitos de “niñas” y no tan “niñas”, de todo. En algunas puedo adivinar lo que piensan, en otras no, pero eso casi nunca me molesta. Puede decirse que voy coleccionando reacciones, por eso no me paro mucho en este tema, porque creo que todavía me quedan muchas por ver y muchas experiencias que vivir, ya hablaré de ellas de una manera más desarrollada cuando lo crea más oportuno.  Todo eso sin olvidar todo lo que esto supone para mí y no olvidarme de que mis reacciones también hablan de prejuicios y roles que llevan mucho interiorizados.

Por eso la conclusión de todo esto no es el hecho de depilarse o no hacerlo, sino de ser libre y consciente de hacerlo. Unxs tendrán unas razones para depilarse y otrxs tendrán otras para no hacerlo, todas ellas respetables. Sin embargo, recomiendo la experiencia, el vivir tú cuerpo de otra manera, experimentar con él, dejarse llevar, ver que pasa… Explorar cosas nuevas.


Al fin y al cabo la feminidad la escriben las mujeres, ¿cómo podría yo decirle a una mujer con pene que un órgano corriente le define y le encaja en ciertos roles?, no podría, simplemente estaría encantada de ver como disfruta su feminidad con su pene al igual que yo disfruto de la mía con mis pelos. 

(Y a pesar que hablo mucho de feminidad, que también es un rol, ojalá un día nada fuera ni masculino ni femenino, simplemente fuera).


Feliz feminidad a todxs.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.