lunes, 30 de septiembre de 2013

Insana

No ha pasado tanto tiempo desde que di por terminada esa relación. Tan desequilibrada, tan irracional. Pero me mentí a mi misma intentando hacerme creer que mi rabia era mayor que todo lo que la quiero. He dejado pasar los días, intentando olvidar. Fracasando totalmente.

Verle cada vez que tengo que ir a cualquier parte era arriesgado, alocado y terrible. Evitar el acercamiento ha sido imposible, ella me ha buscado y yo me he ido dejando encontrar poco a poco, a propósito, porque en el fondo era lo que quería. Ahora me he dado cuenta.

Estaba tomando café, como hace todas las mañanas, en la cafetería, siempre media hora antes de entrar en clase, con todos los apuntes desperdigados por la mesa. Los mira, como viendo algo en ellos que yo nunca seré capaz de entender. Y sonríe. Y yo entro, intento mantenerme firme, pero sé que sabe lo que pienso en cada momento. Le saludo, y le sonrió, y ella me mira como buscando algo más, con esos ojos que me vuelven loca. Cuando espero en la barra, tengo unos impulsos irrefrenables de darme la vuelta y joder, mirarla, porque es guapísima.

Me voy rápido porque me pongo nerviosa, muy nerviosa, cada vez que tengo que estar en un espacio tan cerrado con ella, porque en el fondo me encantaban los espacios cerrados con ella. Todo en contradicción, pero yo soy mucho de eso, de contradicción continua.

De repente me agarran por el hombro, me doy la vuelta, con la sensación de saber quien me ha vuelto a buscar y ha conseguido encontrarme. Otra vez. Me agarrado con sus ojos y yo me he quedado mirándola, porque a pesar de intentarlo, no puedo evitarlo.

Me declaro culpable.

Y de pronto, y sin hacer caso a nada más que no fuese mi deseo, he enredado mis dedos con los suyos y la he acercado hacia mí. Me sentía tan bien, tan segura otra vez. La echo tanto de menos, pero creo que no me he dado cuenta de cuánto hasta este momento.

-         -  Nos vamos arrepentir - le he dicho.
-          -Nunca me he arrepentido de ti.


Me ha besado, y yo he respondido de una manera tan hambrienta que pensaba que iba hacerle daño. He subido mis dedos hasta su cuello, apretándola cada vez más cerca contra mí. Mi boca estaba sobre la suya, caótica, salvaje, imparable. Todas las desastrosas y complicadas emociones por las que hemos pasado desde que nos separamos desaparecían, mientras me estaba ahogando en la loca y compulsiva necesidad de estar con ella.

viernes, 13 de septiembre de 2013

El HOMBRE DE NEGRO

Suena Ghost ryders in the sky y tengo un regusto nostálgico de aquello que fue esa leyenda que ha estado presente desde que tengo memoria. Ayer, exactamente hace diez años, murió esa leyenda, una de las más notables de la música. Estoy hablando de la leyenda del hombre de negro, de Johnny Cash.


Cuando me hablan de las leyendas del rock, o de la música en general, siempre se me vienen a la cabeza cantantes como Jim Morrison, Janis Joplin, e incluso la reciente Amy Winehouse. Cantantes que vivieron intensamente sus carreras, que derrocharon talento en cada escenario, pero que el abuso de las drogas acabó por llevarles a la perdición. Lo que suele decirse, una vida corta pero intensa. Cantaron su historia, ahora sólo son leyendas que han dejado todo un legado a sus pies. Sin embargo, cuando hablo de Cash, no puedo hablar de una leyenda corriente, Johnny Cash es leyenda porque sobrevivió, porque no se dejó matar por el tiempo, ni por el olvido.

Johnny Cash nació en Arkansas en febrero de 1932, sobrevivió a la muerte de su hermano mayor, sumado al infinito desprecio de su propio padre y a una infancia marcada por el trabajo y la pobreza. A pesar de todo eso, compuso su primera canción a los doce años y cuando tuvo oportunidad de abandonar su nido, se alistó en las fuerzas aéreas, y pudo aprender a tocar el piano, la guitarra y la harmónica de manera autodidacta. Un tiempo más tarde Sam Phillips, quién fuera el descubridor de Elvis Presley, lo descubrió tocando en una radio local y lo lanzó al mundo de la música con Cry, cry, cry. Con ella consiguió ocupar el primer puesto en las listas de country.

Cash pasó la mayor parte de su carrera en la carretera, llegando a dar 300 conciertos en un solo año. Ese ritmo acelerado, ese continuo ir venir de un sitio a otro, recorriendo Canadá y EEUU, provocó su caída en las anfetaminas y el alcohol, el divorcio con su primera mujer, y una caída libre de su éxito hasta el suelo. Es aquí cuando Johnny Cash empieza a ser consciente de la dura realidad de la pobreza en América, de los inmigrantes, los pobres, los invisibles y es justo cuando comenzó a utilizar muchas prendas de color negro... Tiempo después lo detuvieron en la frontera de México intentando pasar anfetaminas de contrabando y fue condenado a unos meses de cárcel.

Muchos estaban seguros que ese sería el final del rey del country, que dejaría un bonito cadáver, ahogado por la melancolía, el alcohol y las anfetaminas. Suerte que June Carter, hija de la familia Carter, una de las familias pioneras en música country, lo rescató y con mucho esfuerzo y mucho dolor le ayudó a recuperar su vida y superar sus adicciones. Algo que les unió para siempre y se consumó en un matrimonio que duraría 35 años, hasta la muerte de June en 2003.

Ese mismo año, en 1968, se dio un hecho sin precedentes en la música, un concierto en la cárcel de Folsom (California). Un concierto al que la discográfica (Columbia Records) se negó, pero Cash fue contundente, “actuaré en la prisión de Folsom con June y los chicos, escuchen la grabación, si no les gusta, tírenla”. Cash llegó a la penitenciaria estatal de California dispuesto a ofrecer el concierto de su vida. Y cumplió. La cinta, lejos de alimentar la basura, pasó a la historia convirtiéndose en uno de los discos con más repercusión de la época, desbancando a los Beatles. Columbia Records tuvo que aceptar su error: tocar en la cárcel ya no parecía tan mala idea.

Así comenzó la rueda, y Johnny Cash se extendió por todo el territorio americano como la espuma. Aprovechando ese tirón, él y June, se convirtieron en unos defensores a ultranza por los derechos civiles de los presos y los nativos americanos, y denunciaron la pobreza que había detrás de esos barrotes, tanto fue, que cuando Johnny Cash conoció a Nixon y éste le pidió una canción con una letra muy contraria a las ideas de Johnny, éste decidió cantar Man in black, no sin decirle antes que debía cambiar las leyes penitenciarias, dejándolo en ridículo. También repetiría formato de concierto en la penitenciaria de San Quintín aún a pesar de las voces críticas de los conservadores republicanos.

Cash nunca le dio importancia al aspecto económico de su carrera pero lo cierto es que consiguió vender cerca de noventa millones de álbumes en sus casi cincuenta años de carrera. Nunca le faltó público. Y nunca le fallaron las fuerzas. Compuso más de 2000 canciones, ganó 11 premios Grammy y fue uno de los tres únicos músicos admitidos en más de un «Hall of Fame». Él nunca reclamó el trono, precisamente porque era suyo. Así lo dijeron siempre sus canciones y así lo dicen hoy. 

Johnny Cash, el Hombre de negro, la leyenda de la música country, el cantante de los olvidados, aquel que en sus más de 60 años de música ha compuesto temas dedicados a los indígenas, vaqueros, granjeros, convictos, desheredados… y es una de muchas de las razones por las que mi admiración pasa a ser personal y no sólo musical. Desde estas líneas quiero transmitir mi pequeño recuerdo a uno de los hombres que ha marcado mi vida y ha conseguido aliviarme en los momentos más duros. Uno de mis referentes en cuanto a entrega musical, y un ejemplo de honestidad y superación. Gracias, Johnny.