jueves, 9 de enero de 2014

"Sin ti no soy nada" y otras formas de agresión

“Sin ti no soy nada” canturreaba yo hace unos meses, pensando en mi pareja. Otras muchísimas canciones sabían definir a la perfección eso que sentía por ella, y yo las cantaba todas. A ella, que me hacía feliz y no necesitaba nada más, porque ella  me completaba, porque yo sin ella no podía ser nada... Bendita inocencia.

Todo esto mientras defendía a capa y espada que las relaciones amparadas bajo el patriarcado reproducían roles opresores y perpetuaban conductas de dominación. Yo, que grito la primera en las manifestaciones contra la violencia de género, y me giro a responder al payaso que me ataca verbalmente por la calle. Incluso, le tiré un bote de limpiacristales a un tío que no hacía más que soltar palabrería machista por la boca.

Sí, yo, voy a confesarme, porque como seguramente habréis intuido, he pecado.

No sé qué ha sido más duro, la propia trayectoria de la relación o darme cuenta del tipo de relación que había contribuido a crear. Han pasado tres años desde que decidí ponerme las gafas violetas y aprender a ver el mundo de manera diferente. Y una de las cosas que nunca se me ha pasado por la cabeza es que dos mujeres, adultas, de militancia y convicciones feministas, pudieran reproducir el sistema patriarcal en una relación.

No sé de qué boca salió aquello de que las lesbianas no reproducen el sistema patriarcal en su forma de relacionarse. Al fin y al cabo, no crecimos en una estación espacial a millones de años luz, crecimos aquí, en la tierra, y hemos vivido siempre dentro de un sistema que sólo nos ha enseñado una manera de entender las relaciones. El modelo de amor romántico heterosexual y normativo también lo llevamos dentro.

Vivimos en el mismo mundo que las mujeres heterosexuales, recibimos los mismos mensajes, recibimos la misma educación y mamamos la misma cultura, ¿cómo íbamos a quedar exentas de la presión que implica el amor romántico? ¿Cómo no íbamos a reproducir las relaciones de poder heterosexuales si son el único modelo que nos han enseñado? Esta búsqueda de una persona que nos complemente nos coloca en una situación que, si, fomenta la violencia.

Celos, dependencia, exclusividad, poder, dolor, dominación… violencia. Como feministas, nos cuesta mucho aceptar que vivimos en una sociedad que reproduce este tipo de conductas, porque nos parecen impensables. Pero más cuesta, y más duele, aceptarlas en una misma. Aceptar que las has reproducido y has dejado que las reproduzcan sobre ti. Pues eso es exactamente lo que me ha pasado a mí. Y ya no es el dolor o la contradicción de valores que hierve en tu interior, es ver como toda la mierda con la que llevas años luchando te estalla en la cara.

Yo nunca fui consciente de la relación que estábamos construyendo, fui incapaz de percibir todas las señales obvias de que estábamos viviendo una situación de violencia, y las dos perpetuábamos esa violencia. En año y medio hemos sido incapaces de reconocer la espiral de autodestrucción que estábamos creando.

No ha sido hasta hace unos días que he repensado este tiempo y me he dado cuenta de lo que había pasado. Empezaron a venirme muchas imágenes a la cabeza, situaciones de violencia pura y dura. Recuerdo una con muchísimo dolor.

Ella vivía en Barcelona, yo en Donosti, pero yo me esforzaba mucho, tanto que escondía mis emociones, simplemente porque en ese momento llegué a creerme que mis emociones eran menos importantes que las de mi pareja. Después de casi un mes sin vernos, ella volvía a Donosti, y teníamos toda la casa para nosotras solas, para reencontrarnos, para ser felices juntas, de eso se trataba. Yo le puse empeño, porque por estar tres días con ella era capaz de cualquier cosa. Ella vino, me dio un beso y un abrazo, un abrazo especialmente largo y me lo dijo. Me dijo que se había acostado con otras.

En ese momento, quería respirar e intenté articular unas palabras que sonaron a una especie de vete de aquí, seguido de unas lágrimas tan grandes que no me cabían en la cara. Ella me rodeó y empezó a decirme que me quería, que lo había hecho porque se sentía sola, qué no lo pensó… palabras que se me perdían en los oídos. Intenté apartarla, pero me abrazaba con demasiada fuerza, le dije suéltame, y no me soltó. Y fue cuando yo le aparté de un empujón contra la pared, ella empezó a llorar, farfullando lo mal que me lo estás haciendo pasar y lo único que podía sentir yo era un inmenso sentimiento de culpabilidad. Le abracé y en ese mismo instante le perdoné sin necesidad de articular palabra.

Aún se me corta la respiración cuando lo pienso.

No hemos conseguido establecer modelos de pareja que no estén atravesados por dicotomías como activo/pasivo. En esas dicotomías nos movemos también las lesbianas y esos roles determinan nuestros modelos relacionales. En esos roles está implícito también el poder que ejerce quien maltrata. Maltrata quien asume el rol del ejercicio del poder.

Mi pareja asumió ese rol conmigo. Yo me mantuve en una posición pasiva. No me atrevo a decir que sufrí violencia (y que no me atreva a no implica que no la sufriera), pero lo que es cierto es que he vivido situaciones que ahora identifico como agresiones. La figura del maltratador propia de la violencia de género que tenía dibujada en mi cabeza me impidió ver que hay muchas otras formas de ejercer el poder. Y, al fin y al cabo, la violencia es eso.

Y ahora, después de todo esto, el patriarcado me pesa como si fuera solamente mío, y la culpa, bendito sistema que hace que las mujeres nos sintamos culpables por todo lo que no hemos podido ser, no he sido la feminista perfecta como mi madre nunca ha sido la madre que le hubiera gustado y la vecina no ha sido la novia perfecta. Si el feminismo nos ha jodido la vida, no os quiero ni contar lo mucho que nos ha jodido la culpa. Esa culpa que llevamos todas por haber fracasado ante nosotras mismas, ante nuestros principios, por no haber sabido gestionar todas las contradicciones que nos han interiorizado desde pequeñas.

Y la sociedad, por descontado, se encarga de que creamos que hay experiencias que no podemos superar, que a todas nos llegan en algún momento. Porque ese mensaje, destructor pero sutil, de “si lo has superado es que no debiste sufrir mucho” o "quien bien te quiere te hará sufrir" nos ha calado como la humedad y el frío del invierno en los huesos. Y así es como se dedican a controlar nuestros cuerpos.


Y desde aquí, desde una feminista de 22 años en reconstrucción, grito qué yo no soy mártir de nadie. Y contra el sistema patriarcal que me dice que sin ella no soy nada yo le digo que CONMIGO LO SOY TODO.

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