miércoles, 26 de febrero de 2014

Heroína

“Vamos hacernos un rulo”, yo en aquel entonces lo conocía como “hacerse un chino” y se volvió muy famoso en según qué partes de la ciudad, más en rincones y en baños de bares de mala muerte que en otros sitios. Pero ese era mi sitio por aquel entonces, rincones baratos y bares de gente perdida. Y fue ahí, en un baño con olor a desagüe atascado y cerveza, dónde fue mi primera vez. Fue una inocente dosis de heroína, llena de infinitos mundos por descubrir, y un millón de sensaciones nuevas para recorrer. Y vaya sí las recorrí.

No recuerdo la mañana siguiente, lo único que sentía era dolor, un profundo dolor que me recorría las venas y que parecía que quería sacar a relucir todos los recuerdos de los que estaba huyendo. Tanto que acabé por vomitarlos una y otra vez, mientras un escalofrío me recorría el cuerpo de los pies a la cabeza.

Los siguientes días fueron lentos y sumidos en un sinsentido pasar de las horas, sin ningún  orden aparente. Y en mi cabeza sólo quedaban resquicios de una noche en la que, por fin, había podido huir de la realidad. Y la llave para huir no era ahogarse un vaso de tubo todas las noches todos los fines de semana, si no ahogarse inhalando heroína rodeada de desconocidos en un baño de cuatro metros cuadrados.

Y así empezó todo. Respirando.

Todo lo que pasó después de esa primera vez es algo que no soy capaz de explicar. Supongo, que cómo tantas personas antes que yo, decidí que drogarme era mucho más fácil que afrontar la realidad. Aunque, en mi defensa, diré que la realidad por aquella época, era de todo menos bonita y fácil. No he venido a quejarme ni a buscar compasión, siempre he dicho que mi lugar en el mundo me parece más interesante que el de cualquier otra persona. Solamente necesito contar este secreto que lleva tantos años rodando por mi mente.

Después llegaron las noches interminables, las jeringuillas y las personas tiradas por el suelo. El ruido de las ambulancias, las redadas, el dolor de tener que tirarlo todo por el váter, el “hoy lo dejo” y el “mañana mejor”, el mono, el terrible y doloroso síndrome de abstinencia de mis ovarios… Todo esto llegó. Pero yo siempre llevé la cabeza muy alta, y la dependencia muy escondida. Sólo la compartía con personas que estaban igual de pérdidas que yo, y que por alguna extraña razón del destino, entendían el porqué de todas las cosas que me comían por dentro. Y no me juzgaban, simplemente estaban ahí.

Un día, alguien murió, murió por demasiadas dosis en una noche demasiado corta. Ni siquiera nos dio tiempo a llegar al límite, al éxtasis de cada noche… Y murió, y esa misma mierda que nos hacía tan felices por la noche, esa misma mierda nos la arrebató y la mató. Para siempre. Y nunca más pudimos recordar en que instante decidimos dejarle seguir inyectándose ese veneno sabiendo que la estaba matando. Y la culpa, y las horas, los días… todo pasaba y no éramos conscientes ni del aire que nos rozaba las mejillas.

Pasé dos semanas debajo de los edredones de mi cama, cómo si ellos fueran a protegerme de la verdadera realidad de ahí fuera. Y cuándo salí, la luz me cegaba los ojos y un dolor de cabeza me inundaba y empecé a vomitar, como si mi cuerpo quisiera expulsar todo los pensamientos, culpas, tensiones y dolores que había sufrido durante todo ese tiempo. Volví a nacer. Y me prometí a mí misma que nunca volvería a hacerme tanto daño como lo había hecho durante todos aquellos meses.

¿Superarlo? Nunca lo he superado. Siempre me persigue. Cada vez que salgo, o me da por visitar aquellos rincones baratos, por saber de aquellas personas tan perdidas, por ver una jeringuilla en el suelo y pensar en esa persona como si esa noche fuera a ser su última noche… Todos estos pensamientos siempre aparecen. Y ella, la heroína de mi adolescencia, también aparece muchas veces, queriendo arrastrarme con ella.

Creo que nunca había hablado abiertamente de esta experiencia, el motivo es bien simple, nadie llegará a entender el porqué de muchas cosas. Y yo tampoco quiero que nadie venga a compadecerse del dolor que tuvo que suponer todo esto. No, no busco eso. No necesito las palabras de aliento de nadie.


Lo único que necesitaba era hacerme una confesión a mí misma, porque jamás, nunca, me he arrepentido de mis decisiones, ni de quién soy. Y a veces necesito recordar porque no quiero volver a todo aquello.

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